Savia nueva

12.04.2020

Ha pasado el tiempo suficiente para poder hacer un análisis sobre la evolución de un proyecto que nació como motor de cambio para llenar la Administración Pública (Platerita) de ideas vinculadas a la buena gestión pública, entendiendo ésta como la gestión eficiente que permite la optimización de los recursos disponibles para la obtención de los mejores resultados posibles.

En este momento en particular, cuando toda la vida pública se somete al escrutinio de millones de personas que observan desde sus hogares cómo se gestionan los fondos públicos para salvar al país de una crisis sanitaria y económica, podemos abrir varias vías de pensamiento.

Sería deseable una aspiración de no emitir juicios de valor, pero no estoy a salvo de errores y puede ocurrir que de mis palabras se entrevea alguno. Pido por ello y por anticipado, disculpas a quien pueda sentirse ofendido. Pero es que hace un año que dije que llevábamos más de una década de retraso en la administración digital y, sin embargo, nada ha cambiado desde entonces. Nos ha cogido el toro (otra vez) y nos ha cogido en cueros, que diría mi madre. Y nos encontramos con empleados públicos en puestos de dirección de departamentos clave que ni siquiera tienen un ordenador portátil. Nos encontramos con profesores que no saben utilizar las herramientas tecnológicas para alcanzar digitalmente a sus alumnos. Nos encontramos con alumnos que no tienen entornos digitales que les permitan estar en la misma base de formación que otros compañeros, cuando ya debería haber sido una prioridad básica de las políticas públicas de cualquiera de las administraciones de este país. Nos encontramos con hospitales gestionados por personal no formado en el ámbito de la gestión pública. Nos encontramos otra vez con gestores que no son gestores públicos especializados. Y, por supuesto, nos seguimos encontrando con una sociedad que se empeña en mezclar la administración con la política, en parte porque la propia política se empeña en querer apropiarse de la Administración.

Empieza a ser cansina la lucha cainita de este país, la división polarizada de esas extrañas izquierdas y derechas que ya no responden a la ubicación parlamentaria de los girondinos y los jacobinos, de los lores y los comunes, sino que parece más bien una división sectaria motivada por la familia en la que naciste, el lugar en el que te criaste y el partido que daba el carnet más rápido para la consecución de un sueldo fijo. Sería fabuloso que entendiéramos de una vez que esa lucha es estéril, que está bien apoyar al Gobierno aunque seas de derechas y que está bien criticar al Gobierno aunque seas de izquierdas porque lo que se espera de cada persona es que tenga juicio crítico y responsabilidad sobre sus propios actos. Sólo así conseguiremos políticos críticos y responsables, porque los políticos no salen ni más ni menos que de nuestra sociedad. Así que como sociedad, sería buenísimo que nos decidiéramos a madurar de una vez, a dejar de quejarnos y a "ponernos las pilas".

Como empleada pública, estaría muy bien que aunque no me venga impuesto como obligatorio, busque la vía necesaria para formarme en nuevas tecnologías, sea en educación, en sanidad o en la oficina de cualquier área administrativa, porque la sociedad que se nos viene encima será diferente y requerirá de nosotros la optimización de los recursos disponibles.

Ya está bien de usar mensajería instantánea solamente para mandar memes... a ver si de una vez aprendemos a hacer cosas un poco más creativas, constructivas y ejemplarizantes.

Me consta que hay un batallón de personas opositando para entrar en la Administración. A ellos les pido, les ruego, que no comentan nunca el error de creer que el sueldo público se lo gana una porque un buen día aprobó un examen, sino que el sueldo se lo debe uno ganar cada mes como consecuencia de un trabajo bien hecho de búsqueda de soluciones concretas que mejoren la vida de todas las personas que forman este país, piensen o no como nosotros.

Y a todos los que pierden y gastan energía en las redes sociales buscando o colaborando (tu reenvío del mensaje te hace cómplice) la confrontación y el conflicto, como si de verdad supieran qué es lo mejor, les compartiré una reflexión: hace años que entendí que jamás seré ni de izquierdas ni de derechas. Porque para ser de una o de otra cosa hay que tener muy claro si prefieres libertad sobre igualdad o igualdad sobre libertad. Ya está. Ser de izquierdas o de derechas no lo da el votar al partido X o al partido Z. O sí, de acuerdo con la creencia común. Pero si nos rascamos un poquito el alma, veremos que de fondo el conflicto latente siempre es el mismo: ¿libertad o igualdad? Yo, como no sé todavía qué me importa más, tengo que reconocer que sigo sin casilla en la que meterme.

Pero es más. Los que tradicionalmente se han conocido como partidos de derechas son partidos de ideología liberal, esto es, que propugnan como valor supremo la libertad del individuo y, con ello, el menor intervencionismo del Estado en la esfera privada. Todo esto estaría muy bien si cuando empezó esta crisis sanitaria la principal crítica de los partidos tradicionalmente de derechas no hubiera sido precisamente la tardanza del Gobierno (conocido como de izquierdas) por intervenir en la vida de los ciudadanos. No entro a valorar si se tardó o no. Pretendo llamar la atención sobre el hecho de que, como se verá, este es un claro ejemplo de que no siempre está tan claro si es tan bueno ser libres ( y entonces dejamos que cada cual decida si sale o no, se protege o no, se cura con medios privados o no) o si a veces, lo que nos salva de nuestra propia y mal ejercida libertad es el hecho de que exista un ente velador del interés general, intervencionista por naturaleza, que limite libertades garantizando la igualdad social material, es decir: de todas las personas que tiene bajo su esfera de poder.

Mi sincera admiración a los que lo tengan tan claro, yo sigo sin ver la necesidad de tener que elegir a muerte entre un valor u otro y quedarme con el sambenito colgado de "pepera", "facha", "sociatilla" o "podemita" para toda la vida. Con lo sano que es poder adaptarse a las necesidades imperantes de cada momento... En cualquier caso, merece la pena recordar que la Constitución proclama a España como un Estado "social y democrático de Derecho". Así que a partir de ahí, poca confrontación debería haber. El día que nos deje de gustar tener un estado social, pues vamos y lo cambiamos. Pero es que es lo que dice el texto que todos decimos defender. Y con ello, y de su mano, para garantizar la igualdad social (guste o no), todo un sistema público lleno de gente que, en su mayoría, se está dejando la piel por sacar adelante el país en estos momentos. Me pregunto de qué le sirven a mi amiga del alma, médico internista contagiada, los aplausos de cinco minutos si luego el resto del día seguimos apalancados sin cambiar nada y alimentando la cultura del odio y la confrontación... ¿Hará eso que en el próximo repunte de la pandemia mi amiga tenga más y mejores medios, haya existido mejor gestión y estemos todos más preparados psicológicamente para afrontar una situación de este calibre? Mucho me temo que no...

Por eso, opositores, mi esperanza sois vosotros. Formaos bien, estudiad mucho y con visión de aplicación práctica. Sed la nueva savia que sanee las ramas de este árbol debilitado y sacudido por los intereses partidistas de unos y otros. Es vuestra hora.