Algunas ideas previas que tenemos que aceptar

20.11.2018

Advertencia para quien tenga ganas de gresca porque venga calentito de pelearse con la Administración Pública: aquí no voy a alimentar tu necesidad de tener razón. Si ya la tienes, no hay que dártela. Sé que estás deseando que te diga que la Administración Pública es un desastre y que te dé cuatro trucos milagrosos para vivir mejor. Yo prometo que te voy a dar más de cuatro, que no son milagrosos y que, efectivamente, pueden ayudarte. Pero es que si no nos concienciamos previamente de ciertas realidades, las herramientas que te dé no las vas a poder usar bien.

Así que este es el artículo de la paz. Cuando acabemos de leer este texto habremos trabajado LA ACEPTACIÓN.

El otro día decíamos que imagináramos que hemos decidido salir de excursión, hemos elegido un día y, cuando este llega, llueve. Por más que nos fastidie, toca aceptar que llueve. Ahora vamos a aceptar  como verdad que el sistema español está fallando a la hora de prestar asistencia a los ciudadanos. ¿En serio? ¿Es realmente una verdad? Yo, desde que sé que le damos sopas con hondas a cualquier otro país en lo que se refiere a trasplantes de órganos vitales (más vidas salvadas desde la sanidad pública que ningún otro sistema, público o privado, de ningún otro país del planeta) me replanteo ese axioma de "este país es un desastre" y me sale cierta vena patriótica. Pero vamos aceptar que, sin ser tal calamidad, hay una fractura importante entre Administración y ciudadanos que es innegable y provoca mucha insatisfacción, como también hemos visto en artículos anteriores. Veamos por qué.

El sistema falla, supongo, por varias cosas, pero creo que todas son agrupables en una razón fundamental: tenemos resistencia al cambio. Ya está. Es simplista, pero cierto. Quiero decir que influyen varios factores, pero el que predomina y paraliza es el miedo. El ser humano vive en contradicción permanente entre la necesidad de explorar cosas nuevas (nuevos territorios, nuevos alimentos, nuevas personas) y el miedo a perder lo que ya tiene (mi cómoda cueva en la que no me caza el león, mi sembradito con mis cuatro pimientos con los que no paso hambre). Y, si no nos metemos en la cabeza que, detrás de cada fracaso del ser humano, suele haber resbalones por miedo, no avanzamos. Porque sólo desde la consciencia del miedo se puede caminar. De otro modo, reina la parálisis. Como la que tenemos en este país.

Ahora te voy a pedir que te deshagas de ideologías políticas, de creencias aprehendidas y que leas este cuentito desde la aceptación sin gresca:

Érase una vez un Reino sin rey que tenía un Jefe de Estado militar, resultado de una guerra civil en la que las familias se mataron entre ellas. Ese Estado duró cuarenta años. Había mucha gente a la que no le gustaba, pero no se podía votar para decir que no te gustaba. Yo creo que hasta aquí me siguen incluso los que pasaron en el cole de los libros de Historia. La cosa era así hasta que un día se murió el Jefe de Estado y la situación era la siguiente: o se volvían a pelear a las bravas todos, o intentaban llegar a un acuerdo. 

Entonces, no desde el deseo de crear un mundo mejor (decisiones tomadas desde el amor), sino por el miedo a volver a tener otro follón grande en el país (decisiones tomadas desde el miedo a las consecuencias), se acordó nuestro modelo de Estado, que es muy bonito en el papel, pero un guirigay terrible para los ciudadanos.

 Resulta que había unos territorios que históricamente habían sido diferentes de la mayoría. Su cultura, usos e idioma así lo atestiguaban. Aquí no vamos a entrar en si eran más o menos españoles, pero no vamos a discutir a estas alturas que los vascos hablan euskera y los catalanes catalán, por ejemplo. Como en la época del Jefe militar lo que tocaba era la uniformidad absoluta (muy de cuartel, todos iguales que dais menos trabajo que andar atendiendo diferencias, y no dudo del éxito práctico de esa visión en situaciones puntuales, como en un campo de batalla o en la cocina de mi casa cuando pongo la cena a mis hijos...no está una como para andar preparando platos a la carta) pues los territorios diferentes vieron la oportunidad de respirar un poquito a su aire. Y así nace la Constitución de 1978, que reconoce esa diferencia de esos territorios y abre la puerta para que los demás hijos, que quieran ir saliendo de casa también, cojan el petate y vayan a probar fortuna. Y, de repente, nos encontramos con 17 Comunidades Autónomas con capacidad para aprobar Leyes, porque tienen Parlamentos Autonómicos (y dos Ciudades Autónomas, Ceuta y Melilla, pero no voy a ahondar ahí). Primera consecuencia de lo que acabo de contar: sobre una materia cualquiera, puede haber 18 Leyes (una del Estado y otra de cada Comunidad Autónoma). Y si tenemos, por ejemplo, 10 materias que regular (un poquito de educación, otro poquito de patrimonio público, un pelín de Hacienda, otro chorreón de seguridad ciudadana, algo de medio ambiente, otra de ordenación del territorio y urbanismo, otra sanidad, otra de asistencia social, etc.) pues así de repente tenemos vigentes 180 leyes.

Hasta aquí vamos bien y nadie se ha perdido, ¿verdad?

Ahora veamos un ejemplo práctico Y REAL. Una persona lumbreras emprendedora decide empezar a fabricar ataúdes de material reciclado. Hasta aquí todo bien. El que quiera madera de pino, pino, el que quiera roble, roble. Y el que crea que total, para incinerarte o enterrarte y, tal y como está el planeta, mejor dejar los árboles para los que de verdad respiran, pues tendría su opción de usar material reciclado. Entonces esta persona quiere empezar a vender ataúdes. Y abre sucursal en Francia y en España para su negocio. Pide un permiso a la Administración que le toca (primer escollo que afronta... ¿esto es al Estado-Ministerio de ¿Sanidad? ¿Consumo? ...o a la Comunidad Autónoma... ¿de Sanidad? ¿Consumo?) de cada país.

Cuando se entera bien de dónde le toca, tramita sus permisos. A los seis meses está vendiendo en Francia. Pero...ajá. Ha intentado vender en el pueblo de al lado y le ha caído una multa terrible. No tenía permiso para comercializar allí. ¿Por qué? Porque justo entre su pueblo y el vecino pasa una línea imaginaria de Comunidades Autónomas. De esas que hasta hace poco más de 20 años eran todas el mismo territorio y hace 400 años también. Pues de esas. Y su Comunidad le dio el permiso, pero la de al lado, no. Y ¡pobre si lo intenta! Porque la Comunidad de al lado tiene otra Ley, otros plazos y otros requisitos ( las Leyes de armonización, previstas para evitar esto, son las grandes olvidadas por nuestros legisladores...) Así que, para poder vender en el país, ¡tendrá que pasar por el mismo trance... ¡17 veces! Mientras, en Francia, los difuntos son enterrados felizmente en paz en bellos ataúdes made in Spain que no dan lata a nadie en todo el territorio. 

¿Valoramos la lluvia? No. La aceptamos. ¿Valoro yo en este blog el modelo de Estado? No, lo acepto. Es el resultado de una situación e, independientemente de a dónde se dirija (eso es una cuestión política y esas opiniones las guardo para casa), la realidad es que esto es lo que tenemos y con lo que toca lidiar cada día. Tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Hay que valorar las primeras y aceptar los segundos. Y dejar de rasgarnos las vestiduras y madurar como ciudadanos.

Así las cosas, os voy a dar algo más de luz (o de terror). Hay materias que se consideran tan importantes que solo se pueden regular con una Ley (es decir, salen de un Parlamento, sea estatal o autonómico). Pero hay otras cositas que son de menor calibre o que son simple desarrollo de lo que ya hay en una Ley. Esas cosas se regulan en "Reglamentos". Y un Reglamento puede ser Estatal (como una Ley), Autonómico (o sea, otros 17 por materia) y...aquí viene lo grave...Municipal. Sí, tu Ayuntamiento. Cada cosa que está en una "Ordenanza" Municipal es como si estuviera en un Reglamento. 

Hablando en términos de intercambio de cromos, una Ley Estatal vale los mismos cromos que una Ley Autonómica. Y un Reglamento estatal o autonómico vale lo mismo que una Ordenanza de tu pueblo. Te dan los mismos cromos por ellos. Ahí llevas. Cómo te has quedado.

Y nos acercamos a lo que nos da pavor reconocer. Si por un lote de 10 materias nos salían 180 leyes, por otro lote de 10 materias reglamentarias nos salen 180 + 81240 normas reglamentarias, (porque este país tiene 8.124 entidades locales, entre Ayuntamientos, Diputaciones y Cabildos).

Es decir...que entre Leyes y Reglamentos y otras cosas que nos os cuento para que del susto no os dé un soponcio, calculo que debemos tener vigentes en este país nuestro bastantes más de 100.000 normas.

En definitiva: que tenemos 1 conjunto de normas estatales, 17 conjuntos de normas autonómicas y 8.124 conjuntos de normas locales. Para rematar la faena, la Unión Europea regula, por su parte, lo suyo y también hay otro conjunto ahí. De locos.

Detrás de cada conjunto, hay unas cuantas bocas políticas y de empleados públicos (entre las que me encuentro) que alimentar, un lote de competencias que ejercer y una hucha de dinerito que llenar para tener medios para pagar todo lo anterior.

Los juristas de este país no sabemos de leyes. Qué va, eso es imposible. Daría igual ir a la Facultad de Derecho que encerrarte con muchos libros de "Busca a Wally" (¿os acordáis, el muñequito aquel del jersey de rayas escondido entre mil cosas?) y pasarte el día entrenando el ojo. 

Vamos a aprender a buscar a Wally en el siguiente artículo, cuando te repongas del mareo que te dejó esta lectura.

¿Por qué? Porque si sabes dónde buscar, no te pueden torear. Es importante que no haya tanta brecha entre lo que sabe el de enfrente y lo que sabes tú.

Enhorabuena si has llegado hasta aquí y eres profano en la materia, tienes mucho mérito porque esto es árido y farragoso. No te olvides de dejar tus comentarios si necesitas aclaraciones antes de avanzar. La regla de los cromos es importante tenerla clara. 

En el próximo artículo hablaremos de cómo saber a dónde dirigirnos cuando tenemos un problema. Vamos a empezar a aprender a movernos entre las miles de estructuras administrativas del país. Os espero, lectores.